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Volver al futuro

Existen autos construidos para ser siempre útiles y personas apasionadas por hacerlos eternos.

Al inicio de la historia del automóvil como auténtico medio de transporte cotidiano, surgieron modelos diseñados para responder a las situaciones y circunstancias tecnológicas de los países industrializados, así como mercados en otras sociedades.

Si bien la producción de marcas como Ford estaba fuertemente orientada hacia satisfacer la demanda estadounidense, la oferta se extendió hasta Europa y Sudamérica. En esta última región todavía se encuentran carros de los años 20 en condiciones óptimas, para el rescate y restauración original.

Hacer volver un auto del pasado para proyectarlo al futuro es una aventura. Más que un trabajo, una pasión. Más que un objetivo, una satisfacción. Y por esas razones pocas personas tienen la disposición y valentía de embarcarse en tan desgastante, aunque excitante, tarea cimentada en sueños de realización.

Max Kestler y Luis Samayoa hacen el trabajo artesanal.
Dios los crea y Ford los junta

Entre ese grupo de selectos soñadores se encuentran Luis Samayoa Amiel y Maximiliano Kestler Morán. Su amplia experiencia en restauración de motocicletas y automóviles los convirtió en especialistas autodidactas, considerados auténticos expertos en el tema.

Luis Samayoa es piloto instructor de múltiples generaciones. Su pasión por las máquinas y superior entendimiento de su mecánica, han provocado su entrega al proceso de salvamento de piezas desafortunadamente descuidadas por más de 80 años, las cuales han llegado justo a las manos de quien las convertirá en eternas.

Maximiliano Kestler es médico obsesionado por la perfección y autenticidad. De allí, sus obras de reconstrucción son fieles a los orígenes hasta en el último detalle. Su conocimiento enciclopédico sobre las interioridades de cada modelo, es garantía de un extraordinario trabajo de restauración de autos clásicos.

Una de las obras más conocidas de Maximiliano es su Ford Phaetón 35A de 1928. Desde el timón de baquelita hasta el color Washington Blue son originales. Cada detalle, cada centímetro cuadrado y cada acabado son muestra incuestionable del fino y cuidadoso trabajo realizado durante largas horas de faena y a la búsqueda de la perfección.

Auténtico hasta el mínimo detalle.
Los eternos Ford A

El 20 de octubre de 1927 se terminó de ensamblar el primer Ford Modelo A. El mismo Henry Ford troqueló el dígito 1 en el cuerpo del motor. Su precio era de US$ 395., siendo el segundo más barato del mercado estadounidense. El número de Ford A fabricados superó holgadamente los 15 millones.

En el estudio de reconstrucción de Luis y Maximiliano se encuentran cinco de estos modelos en proceso. Si bien fueron adquiridos funcionando, las reparaciones y algunas restauraciones muestran que fueron realizadas sólo para que el auto sobreviviera. Por ese motivo es necesario volver a hacerlo para apegarse a la originalidad. En la mayoría de las veces, la diferencia entre el trabajo funcional y la restauración sólo se detecta por los expertos, allí es donde el criterio de Kestler y Samayoa se pone de manifiesto.

Sin lugar a dudas cada auto que sale del estudio lleva el sello de garantía de autenticidad, lo cual da confianza en la inversión hecha en una de estas preciosas máquinas.

En todos los casos, las valiosas piezas requieren de compostura, reemplazo, ajuste y colocación profesional.
Un paso más allá

Otro aspecto muy importante del taller de Kestler y Samayoa es el mantenimiento. Comprar un auto reconstruido significa un alto grado de probabilidad de frecuentes fallas, máxime cuando se trata de vehículos fabricados hace 80 años.

Sin embargo, en esta entidad se ofrecen los servicios de reconstrucción, restauración y mantenimiento, con lo cual el menú de soporte es tan amplio que cualquier persona tendrá respaldada la adquisición y soporte para mantener su auto en estado original.

Tener un Ford de los años 20 en el garaje es una dicha reservada para pocos. Tener uno restaurado por este estudio es un orgullo nacional, porque pocos profesionales pueden darle vida a estas máquinas del pasado, para que tengan un futuro eterno.

Néstor Larrazábal




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