| Alcohol en la sangre, cita con la muerte |
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Según las estadísticas de los cuerpos bomberiles guatemaltecos, el alcohol es protagonista en tres de cada diez accidentes.
Esto confirma un estudio de la Organización Panamericana de la Salud, el cual revela que un conductor bebido antes de manejar tiene 17 veces más riesgo de tener un choque fatal.
Oswaldo Castillo estaba sacando un canasto de pan de su camionetilla. Tenía la puerta abierta, del lado de la calle. Era panadero y estaba repartiendo el producto a las 5:40 de la mañana. Eso fue lo último que hizo en su vida.
Otro vehículo pasó a alta velocidad y lo tiró contra la puerta, lo que le provocó la muerte instantánea. Al piloto que protagonizó el accidente lo detuvieron y lo llevaron a una comisaría. “No puede firmar. Está ebrio”, quedó registrado en un acta que le levantaron.
Germán Carrillo, de 19 años, contó con mejor suerte. Una mañana estaba subido en una escalera colocando en la cartelera los precios del combustible.
Era empleado de una gasolinera. A las 7:30 de la mañana un carro descontrolado lo embistió. Después de cinco días en el intensivo, volvió a despertar. Había perdido un ojo y su columna estaba fracturada.
El conductor del vehículo iba ebrio. Un examen de alcoholemia detectó la presencia de 1.39 gramos por litro de sangre, casi tres veces más de lo permitido por la Ley de Tránsito. Había pasado tres días bebiendo. 
Estos dos casos son una muestra de las centenas de personas que mueren y quedan lisiadas en Guatemala producto de percances provocados por conductores ebrios.
Según el vocero de la Policía Municipal de Tránsito, Amílcar Montejo, un promedio de 20 conductores son sancionados mensualmente por conducir bajo efectos de licor.
En 2006 la PMT registró 5,127 accidentes, sólo en la ciudad capital. Tras analizar las causas se determinó que el consumo de alcohol fue el factor desencadenante del 60 por ciento de los accidentes. Pero los bomberos Voluntarios y Municipales dan cuenta de las decenas de accidentes de tránsito que se registran por esta causa.
De enero a noviembre, los Bomberos Municipales cubrieron 3,150 accidentes, en los cuales 34 personas fallecieron y 2,527 resultaron heridas. “En las urgencias que hemos cubierto, en la mayoría de casos los conductores están ebrios”, señaló Ricardo Lemus, socorrista de los Municipales
Los conductores que causan muertes suelen escapar, dejando las evidencias de que iban conduciendo bajo efectos de alcohol. Con estas limitaciones, algunas pistas permiten acercarse a la dimensión del problema.
Es más, el Consejo Rotario de Prevención de Accidentes de Tránsito y Educación Vial, señala que los conductores ebrios son la segunda causa de accidentes viales en el país. Aunque son datos separados, juntos, hablan, dicen los expertos.
En las estadísticas se deja claro que el 80 por ciento de los conductores borrachos que causan accidentes son hombres y el resto mujeres, quienes oscilan en edades de 17 a 29 años, expresa Montejo.
Un estudio de la Organización Panamericana de la Salud reveló que el 13 por ciento de las muertes masculinas en accidentes, y el 3.4 de las femeninas, tienen que ver con el alcohol. Otro dato de la Organización Mundial de la Salud sostiene que el 25 por ciento de la muertes por lesiones son por accidentes de tránsito.
Para los expertos, la Ley de Tránsito debería ser más rigurosa en esta materia. La alta incidencia del alcohol en los accidentes no parece estar en consonancia con la penalidad que recibe el infractor: la multa es de Q500.00.
Esto para la licenciada Ana María Chacón, del Consejo Nacional de Prevención de Accidentes, Compreve, no ayuda mucho. Por ejemplo, “en otros países si a un conductor le da positivo el test de alcoholemia, le quitan la licencia por un año”, explica.
Quizás por eso han propuesto un nuevo Reglamento de Tránsito, para que se impongan otro tipo de sanciones, como multas más altas y retiro de la licencia de conducir. Otras van más allá al pedir cárcel para los infractores.
La ley establece en 0.08 por ciento gramos por litro de sangre, la máxima concentración permitida para salir a manejar. Sin embargo, este límite es cuestionable, pues, según señalan los especialistas, un poco de alcohol afecta la coordinación motora. Si alguien bebe más de una copa está en riesgo, expresan.
Montejo señala que la PMT de manera continua realiza operativos de alcoholemia, en especial los fines de semana, para prevenir y sancionar a aquellos pilotos que infrinjan el reglamento de tránsito.
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Reggie Stephey conducía ebrio al otro lado de la carretera, su nivel de alcohol en la sangre marcaba 0.13 -muy en exceso del límite legal de 0.08. Su vehículo sólo sufrió daños menores y gracias a la bolsa de aire sólo tuvo una pequeña marca rojiza (la cual le dejó el cinturón de seguridad sobre el pecho).
Fue declarado culpable por intoxicación y por la muerte involuntaria de dos personas. Será elegible para optar a libertad condicional este año. Entretanto apareció, con Jacqui, en un video contra la ebriedad, el cual fue producido por la policía de Austin. “Lo que he causado es un dolor que nunca desaparecerá”, dijo Reggie.
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Los niños siempre la miran; algunos le preguntan a su mamá qué le sucedió, otros se asustan o se esconden; y están los que le dicen, con inocencia, “monstruo” en voz baja.
Jacqueline Saburido los escucha resignada y se pregunta si volverá a ser normal, si podrá ser independiente y, sobre todo, por qué le tocó vivir esto a ella. Todos los días, desde la fatídica mañana del 19 de septiembre de 1999, debe decidir si se queda en la cama o se levanta para continuar con su gran batalla. “Tú eliges”, se dice a sí misma, y se levanta.
Jacqueline Saburido lo tenía todo: belleza y juventud, hasta que un día su vida cambió drásticamente. El 20 de agosto de 1999 alistó sus maletas para el “gran viaje”. “Sé que algo me sucederá”, le dijo a su prima una semana antes de la partida. Pero ya estaba todo listo.
Un mes después de su llegada, cuando regresaba a su casa en auto con unos amigos luego de un cumpleaños, un conductor borracho provocó un accidente que le causó la muerte a dos de sus acompañantes, heridas a otros dos y quemaduras gravísimas a ella, que la desfiguraron por completo.
El día del accidente Jacqui iba en el asiento del acompañante con su cinturón de seguridad puesto. El choque fue frontal y en sólo cuestión de segundos el auto empezó a incendiarse en la parte delantera.
Reggie Stephey, el conductor del otro auto, resultó ileso gracias al airbag. El análisis de alcoholemia le dio 0.13 cuando el máximo permitido es de 0.8. Él fue quien llamó al 911, pero dos paramédicos, que de casualidad pasaban por el lugar, empezaron a asistir a las víctimas.
Pronto el fuego en el interior del auto se reavivó. Y Jacqueline aún estaba ahí. Aunque uno de los socorristas hizo todo para rescatarla, el fuego le alcanzó la cara. Ella intentó protegerse con las manos. Llegaron los bomberos y apagaron el fuego. Jacqui no se movía, era una “silueta negra”. “Gracias a Dios está muerta”, dijo el paramédico, pero su compañero se acercó y le tomó el pulso: era muy débil pero ahí estaba. Un helicóptero, carreras en la unidad de quemados en el University of Texas Medical Branch, llamadas a Caracas para que viajen sus padres de urgencia y Jacqueline debatiéndose entre la vida y la muerte, entre momentos de conciencia y estados de shock.
Sufrió quemaduras de tercer grado en el 60% de su cuerpo y lo peor le tocó a su cara, manos, muslos, parte de la espalda y la zona abajo de las rodillas. Su enfermera, Rachel Goodheart, con 10 años de experiencia, confesó que “nunca vio que alguien sobreviviera a semejantes lesiones”. “Su cara no existía. No había ninguna parte de su cuerpo por la cual pudiera reconocerla excepto los pies”, recordó Amadeo, su padre, cuando la vio por primera vez después del accidente. Y dice que le dijo a su ex esposa: “Rosalia prepárate, nuestra hija es como un monstruo”.
Los médicos hicieron hasta lo imposible. Arreglaron fracturas en un brazo, una pierna y una mano. Batallaron contra infecciones y fiebres altísimas. Probaron con autoinjertos y piel de donante cadavérico. Incluso apelaron a las sanguijuelas para ayudar a restablecer la circulación sanguínea.
Hoy Jacqueline ya no tiene cabello, perdió la nariz, los labios y la oreja derecha, recibió un trasplante de córnea y le amputaron parte de los dedos de las manos. “Yo sé que no voy a volver a ser la misma, pero quiero recuperarme todo lo que sea posible”, afirma.
Por: Jeovany Ibañez
Fuente: http://www.cadenaglobal.com
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