Al circular por las calles de nuestra ciudad capital somos testigos de una serie de atropellos, abusos y, en términos generales, total irrespeto a los otros conductores.
Si bien los taxistas, choferes de buses y los conductores de microbuses son los campeones en el rompimiento de la convivencia normal en las calles, también muchas personas al volante de autos particulares participan con denuedo en la competencia por mostrar quién es el más primitivo y maleducado al timón de un vehículo.
Al margen de los esfuerzos que hacen los elementos de las policías de tránsito, el caos es evidente. Pareciera ser que no hay forma de educar o reeducar a quienes ya conducen mal. Todo invita a pensar que las generaciones de conductores actuales son caso juzgado y perdido, sin esperanza de ningún tipo.
Lo que más desmotiva es comprender que los futuros conductores reciben ejemplo, directa e indirectamente, de las desafortunadas acciones del grupo antes indicado. Es decir, no se puede esperar nada positivo si no hay un rompimiento drástico con semejante herencia de conducta.
Mientras que la calidad de vida se degrada constantemente, la educación todavía se centra en posiciones líricas de poca o ninguna aplicación al mejoramiento social. Sin desestimar el valor cultural del aprendizaje de los accidentes geográficos mundiales, ¿no sería mejor rediseñar el plan de estudios para enseñar Seguridad Vial, Urbanidad, Civismo, Ética y materias de aplicación inmediata en la vida de los estudiantes?
Cada día que pasa, si no hay una confrontación seria y formal al problema, únicamente se fomenta y tolera el crecimiento del caos. Alguien debiera hacer algo para evitar que la descomposición social siga en franco crecimiento. Para comenzar, lo invito a que usted tome la iniciativa: sea cortés, acomedido, piense en los otros conductores y muestre con su actitud que desea una sociedad más digna.
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