| Las consecuencias de The Fast and the Furious |
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Para Universal fue toda una sorpresa el fenómeno que han generado la película y sus dos secuelas en el mundo del auto. Primero llevaron el muscle car japonés al deporte motor estadounidense y, segundo, han producido negocios paralelos sin precedentes.
Aparte de llevar al superestrellato a Vin Diesel, el pelón protagonista de la cinta, acompañado por la bella Michelle Rodriguez (quien al momento del rodaje no tenía licencia de conducir), la trilogía The Fast and the Furious, 2 Fast 2 Furious y Tokyo Drift, hizo consciente para el gran público la existencia de un submundo, ilegal por demás está decirlo, en donde US$ 20,000 no son nada para modificar, o tunear, un auto con tal de mejorar su performance hasta niveles desconocidos, incluso para el fabricante. Todo, hasta blocks de titanio, para participar en carreras callejeras, peligrosas, pero cargadas de adrenalina y de insensata testosterona.
Diesel explica esta pasión en la primera entrega: “Vivo mi vida un cuarto de milla a la vez. Nada más importa: ni la renta ni la tienda ni mi equipo y todas sus babosadas. Durante esos diez segundos o menos, soy libre”.
Una libertad efímera, cara y como ya se apuntó, peligrosa. Sin embargo, se abrieron los ojos estadounidenses al muscle car japonés, a las modificaciones extremas, esas que logran que un Nissan tenga la potencia de un Ferrari (aunque nunca la clase), acompañados por mujeres glamurosas y por la droga a la que esos autos se convierten en irredentos adictos: el NO2 u óxido nitroso.
Este gas, aplicado a los motores, es capaz de aumentar la potencia de manera significativa y sería inconcebible que un corredor callejero, que se digne de serlo, prescindiera de él en las carreras. Por supuesto, como sucede con cualquier estimulante, su uso implica un desgaste más fuerte del motor aunque, en realidad, es dudoso que a los contendientes de este tipo eso les importe mucho.
La primera película, dirigida por Rob Cohen, se inspiró en un artículo del periodista Ken Li, aparecido en la revista Racer X, pero exageró algunos aspectos por razones de mercadeo cinematográfico, algo común en Hollywood. Los espectadores de inmediato la recibieron con los brazos abiertos y, con pocas excepciones, los entusiastas de los autos se deleitaron con bestias capaces de generar hasta 900 caballos de fuerza.
Pero cabe preguntarse ¿cuántos de los autos estrella, 1,500 en total, son reales o son sólo el producto de trucos cinematográficos? Para empezar consideremos que los productores decidieron reproducir el ruido de los motores con la mayor fidelidad posible y para ello se valieron de una base que tenía 15,000 sonidos.
Seguido, de acuerdo con un reportaje de la revista Edmunds Inside Line, a diferencia de una típica producción hollywoodense, los autos de esta trilogía tenían que funcionar y verse bien. De manera que, a pesar de ciertas y limitadas ayudas digitales y de trucos como el cañón de aire, usado para lanzar los autos por los aires, las máquinas sí eran verdaderos bólidos de alto desempeño. Además, su estética fue cuidadosamente elaborada. Así es que jamás avergonzarían a sus propietarios en la vida real.
Ahora bien, entre las perennes secuelas de la trilogía está el aumento mensurable de la venta de accesorios para modificar los autos. Incluso, según la citada fuente, hay quienes de verdad han montado motores japoneses en autos americanos, una total herejía para los puristas, a pesar de que en la película así se ve, pero a la hora de la filmación cada auto tenía sus propios motores.
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También se ha motivado una furia por modificaciones superficiales queen vez de mejorar el desempeño de los autos, lo disminuyen. Por algolos tuneos profesionales cuestan tanto, pues implican cambiosprofundos. Por ejemplo, si se cambia a un motor de mayor potenciadeben modificarse también los frenos. Muchas veces sucede lo mismo conlas carrocerías y los chasises, los cuales deberán soportar torsionespara las cuales no estaban diseñados.
Para los haraganes con una billetera llena, existen empresas dispuestasa realizar las modificaciones por ellos, al extremo de que algunosaficionados compran el vehículo y, sin verlo siquiera, lo envíandirectamente al modificador para recibirlo posteriormente ya convertidoen casi un cohete.
Para terminar, como aconsejaba el tío Ben en el Hombre Araña, “con granpoder viene gran responsabilidad”. Entonces, también cabe preguntarsequé se hará con tal tipo de carro. No son para correr en las calles,son para pista. Así es que las carreras callejeras es mejor dejarlaspara el cine o, ¿se le ocurriría a usted participar en un duelo, comoen las películas de vaqueros?
Por León Aguilera Radford
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