El CIV, una triste realidad

Hace algunos años, en una plática sobre la conducta humana y la actitud de quien maneja, una persona muy admirada por sus pensamientos preclaros preguntó sobre el CIV de un automóvil presentado en esta publicación.

Al principio se pensó que era una abreviatura de alguna magnitud o característica técnica del desempeño del motor, pero ante la duda se solicitó una explicación sobre el término.  Entonces esa persona recalcó: el CIV es el Coeficiente de Intimidación Vehicular, medida que expresa el miedo causado por un vehículo a otros conductores.

Desde luego, el CIV no está escrito en ningún documento sobre la industria automotriz, pero es más que oportuno indicar que es parte de nuestra realidad.

La sociedad en la que vivimos parece dar más valor al miedo que al respeto.  De allí que los automóviles altos y grandes tiendan a infundir más miedo, a intimidar.  Al tener conciencia de que, en la gran mayoría de los casos, quien está al volante de un bus, un camión, taxi o ruletero no tiene la menor idea de lo que es el respeto, las demás personas les damos un mayor grado de CIV.

Según quien acuñó el término CIV, en la parte alta de la escala se ubican los indicados en el párrafo anterior, por gozar de su paraíso de impunidad.  Pero también se les une al grupo de muy temidos, aquellos carros de la gama premium, porque sólo pensar el costo de reparación o reposición de piezas causadas en un choque, cualquier conductor prefiere ceder el paso, aunque tenga el derecho de vía.

En las pruebas realizadas por Mundo&Motor en Guatemala el fenómeno es palpable: cuanto más caro, grande y ostentoso es el carro a manejar, mayor cantidad de vehículos se quitan del camino.

El Coeficiente de Intimidación Vehicular se ha incrementado para los carros con vidrios polarizados y pickups utilizados por cuerpos de seguridad no policíacos.  Es decir, el CIV es producto de una tendencia social y reflejo de la decadencia de los valores humanos.

Lo más triste es saber que el CIV, una expresión sarcástica de nuestra realidad, tiende a tornarse en algo común, parte del paisaje del diario vivir, mientras por otro lado no se mira ninguna pequeña señal de reordenamiento tendente a que elevemos nuestra calidad de vida.

Por Néstor A. Larrazábal B.




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