Responsabilidad en las manos

Tener un carro adquiere mayor importancia cada día.  No sólo porque las ubicaciones intracitadinas son más distantes con el crecimiento de la capital, sino porque la dinámica de los negocios, los estudios y el ocio demandan movilidad de un sector a otro, en corto tiempo.

A reserva del Transmetro, el transporte colectivo es inseguro.  Utilizarlo es un acto suicida indeclinable, de hecho, hay muchos más muertos en los buses, ruleteros y taxis que aquellos que toman la fatal decisión lanzándose de un puente o por otros métodos.  Tal vez esta última sea la razón de mayor peso para tratar de tener auto propio.

Es así que cada año se incrementa el número de carros y conductores en nuestro país.  Es decir, cada vez hay más personas que manejan un automotor y la mayoría de ellas lo hace sin la menor idea de un aprendizaje formal para conducir adecuadamente.

Si el mayor número de carros ya presupone una condición generadora de mayor tensión del tránsito, la baja calidad del manejo eleva tal situación a niveles de crisis.  Eso ya se aprecia en horas y lugares críticos.

Los incidentes y accidentes no sólo son más frecuentes, sino también más intensos, ya que el sentido de responsabilidad se ha desvirtuado o anulado por la urgencia.
Sin embargo, cuando se llega a dañar o aniquilar una vida, entonces se procede a hacer una evaluación en retrospectiva, pero para entonces ya es muy tarde, siendo una lección con un costo personal y social muy alto.

Por eso la responsabilidad del tránsito no sólo atañe a las autoridades, sino prioritariamente a cada conductor.  De la buena actitud individual puede llegar a tenerse una mejor actitud colectiva.

De allí que cada vez que alguien piense en adquirir su primer auto, a la emoción debe antecederle la razón.  Se debe cuestionar si está o no capacitado para aceptar la responsabilidad que eso significa, tan importante que puede desembocar en cambiar de manera negativa la vida de otros o la propia, o bien matar o perder la vida en un accidente.

Los nuevos conductores jóvenes, tan llenos de emoción y con la actitud de hacer notar su presencia ante la sociedad, deben tener en contrapartida la sapiencia y la estabilidad emocional de sus padres.  Eso, si estos últimos quieren llegar a verlos adultos y con buena calidad de vida.




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