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En su libro Teoría de la clase ociosa, de 1899, Thorstein Veblen definió al Consumo Conspicuo basado en sus observaciones sobre los noveau rich que surgieron como clase social de la Segunda Revolución Industrial.
En 1996 Thomas Stanley y William Danko, en The Millionaire Next Door, publicaron que tal fenómeno social es hoy más propio de clases emergentes, procedentes de capas sociales menos afortunadas.
¿Qué mejor, entonces, que el auto como emblema de riqueza? Una micromuestra, no generalizable por supuesto, es el caso del rapero Birdman, quien recientemente mostró a los medios su recién adquirido Bugatti Veyron. El bólido de superlimitada producción le costó US$2.8 millones. Sí señores, unos Q23 millones.
En cambio, otro rapero, Coolio, vendió el Hummer que le regaló su disquera cuando logró un disco de platino, porque, según reveló en una entrevista, le era muy caro pagar el combustible para ir de Los Ángeles a San Francisco, recorrido que le era habitual en ese entonces.
El estudiante saudita Dhiaa Al-Essa, de 21 años de edad e hijo de un supermillonario, es la persona más joven poseedora de 30 supercarros. Entre ellos: cinco Ferrari, cinco Porsche, tres Lamborghini, dos Rolls-Royce y un McLaren Mercedes. El próximo año recibirá a un Koenigsegg Agera y a un Bugatti Veyron, nada menos. Solo tiene una tristeza: su Ferrari 458 Italia, uno de los pocos producidos, ardió en un incendio cuando estaba almacenado en el aeropuerto Heathrow de Londres. La línea aérea le reconoció £30,000 (US$48,395.73) por la pérdida, el diez por ciento del valor del vehículo. "No conseguiré otro Italia 458", ironizó. "Creo que el carro estaba salado ya que tuve que llevarlo al taller porque se calentaba".
Y más allá de los superautos ¿qué hay en el horizonte del Consumo Conspicuo? Están los aviones y los superyates, que necesitan tripulaciones completas para manejarse y cuestan no millones, sino millardos de dólares.
Fuente: www.superyatchs.com
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