| El tiempo vale más que el oro |
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Tan distinguida como exclusiva, Patek Philippe es la máxima expresión de la horología mundial. Sus modelos son tan sobrios, elegantes y discretos como para que sólo los conocedores puedan identificarlos al verlos en otra muñeca: un verdadero ejemplo de la llamada modestia británica, que tiene sus raíces en la era victoriana.
Antoni Norbert Patek fundó una manufactura relojera en 1839, pero no fue sino hasta 1851 cuando se convirtió en Patek Philippe & Co., al unirse con el francés Jean Adrien Philippe. El primero aportó su capacidad empresarial, mientras el segundo su excelsa obsesión por la creación de alta calidad. A partir de ese momento la casa se estableció como una marca.
Los frutos de este sincretismo mecánico-comercial no se hicieron esperar, uno de ellos fue la implementación de mejoras en los mecanismos de los reguladores para los cronógrafos y sistemas de calendario perpetuo. Otros adelantos fueron los indicadores de fracciones de segundo y las complicaciones para darle movimiento a distintos sistemas. Complicación sería una palabra que habría de asociarse para siempre con Patek Philippe.
Los mecanismos complicados se fabricaban sobre pedido; pero conforme la marca se dio a conocer, éstos se convirtieron en su impronta y la casa los incorporó a su producción regular.
A principios del siglo pasado, luego del fallecimiento de sus fundadores, se produjo una reorganización, la cual llevó a tres de sus antiguos empleados a formar parte de Patek Philippe & Cie, S.A. de Horlogerie. Con la gran depresión de los años 30, la venta de relojes de lujo prácticamente desapareció. Sin embargo, la manufactura continuó fiel a la calidad, pero tuvo que ser vendida a los hermanos Charles y Jean Stern para sobrevivir. Hoy, siendo una empresa familiar, prácticamente la única de su tipo en el mundo, cuenta con flexibilidad para tomar decisiones sin tener que pasar por complicados procesos de juntas directivas, opiniones de comités o limitaciones impuestas por equipos de mercadeo.
Esta independencia le permite a Patek Philippe mantener una calidad tan alta, que ha sido honrada otorgándole el derecho a utilizar el Sello de Ginebra en todos sus movimientos (máquinas): seña inequívoca de que cumple con los estrictos requisitos que exige el Punzón de Ginebra, un código de la industria relojera suiza que califica a la calidad de los relojes de alta manufactura.
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Por eso, los 20 relojes más caros vendidos en subastas hasta la fecha son de esta marca, siendo el que se fabricó para Henry Graves el de precio más alto pagado por un reloj: más de 11,003,500 dólares. La transacción se hizo en 1999 en Sotheby’s.
Y no era para menos, porque se trata del segundo reloj más complicado de la historia, con 24 funciones, entre ellas, mostrar el mapa celeste con sus constelaciones y estrellas principales, como se vería desde la casa de Graves, quien lo solicitó para competir contra el magnate de la industria automotriz, James Ward Packard, quien también amaba a los relojes Patek. Los relojeros de la casa tardaron tres años en diseñarlo y cinco en ponerlo a punto. Eso fue en 1933, en 1989, para celebrar su 150 aniversario, Patek lanzó su Calibre 89, el reloj más complicado fabricado hasta ahora, con 33 funciones y 1,728 partes únicas: muestra el tiempo sideral, anuncia la Pascua y visualiza un mapa celeste con 2,800 estrellas.
Pero tal vez su más impresionante mecanismo es una rueda satélite que sirve para corregir un error del calendario Gregoriano: cada 400 años se saltará un año bisiesto. Dotado de sonería, los ingenieros horológicos de Patek Philippe tardaron nueve años en completarlo.
Con el propósito de honrar las obras de arte de esta y otras marcas, en noviembre de 2001 la familia Stern abrió al público el Museo Patek Philippe ubicado en la Rue des Vieux Grandiers, Ginebra.
En sus cuatro pisos se encuentran la biblioteca horológica más valiosa del mundo, los múltiples reconocimientos recibidos por la marca a lo largo y ancho del globo terráqueo, así como las colecciones más impresionantes de relojes, cajas musicales y joyas. Un piso está destinado para los Patek Philippe más emblemáticos, la mayoría fueron propiedad de acaudalados empresarios como Packard, pero también de presidentes, científicos, como Albert Einstein, y muchas personalidades de importancia mundial.
En el piso de recepción se tienen a la vista los talleres donde, utilizando las herramientas originales, se les da mantenimiento y reparación a los relojes exhibidos.
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El pie cuadrado más valiosoSería difícil pensar que otro museo podría tener más valor por pie cuadrado de piezas exhibidas, al considerar las joyas y relojes de colección que albergan sus muros. Pero este museo no es estático, en él se tienen los registros de cada reloj Patek Philippe fabricados y vendidos durante toda su historia. Además cuenta con una sala de cine para apreciar la historia de la marca en extraordinarias producciones cinematográficas y también se puede observar el funcionamiento cotidiano del programa de servicio: la reparación de sus obras maestras.
En resumen, al entrar al museo el visitante se traslada a un mundo de exquisita tecnología que preserva a un legado más que centenario, con joyería ultrafina y la cultura y orfebrería provenientes de las manos más hábiles del mundo, aquellas que convierten en tangibles algunas de las más altas aspiraciones del espíritu humano.
Complicar lo complicadoEn jerga relojera una complicación es cualquier función, agregada al movimiento de un reloj, que vaya más allá de mostrar horas, minutos y segundos. Por ejemplo, un reloj con calendario y día de la semana posee dos; si además visualiza el mes, si indica si es de día o de noche, o si puede dar la hora en varios husos horarios, tendría más. Ver una máquina Patek Philippe es apreciar el trabajo de pulido y refinamiento más delicado del mundo, igualado por pocas otras manufacturas, que da como resultado una tecnología única que de ninguna manera se ha dormido en sus laureles, pues su departamento de Investigación y Desarrollo sigue su inclaudicable búsqueda por la máquina perfecta.
Por Néstor A. Larrazábal B. Enviado especial a Ginebra, Suiza.
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