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El espíritu de América

“The Bonneville Salt Flats had seen some strange things
But the strangest thing yet was a jet without wings
Once as a jet it played in the stars
But now on the ground it’s the king of all cars...”.
The Beach Boys: The Spirit of America.

Si hubo un auto capaz de resumir los sueños tecnológicos de una era, es esta creación de un hombre no menos controversial e interesante, Craig Breedlove, quien desde niño sintió el llamado de la competición de alto desempeño, del deporte extremo y del dolce far niente.

Corría 1963 cuando Craig Breedlove estableció su primer récord de velocidad sobre superficie, aunque contestado por la FIA -Fédération Internationale de l’Automobile-, porque su nave, el Spirit of America, corría sobre tres ruedas que no estaban conectadas al motor: una turbina General Electric J47.  Sin embargo, la FIM -Fédération Internationale de Motocyclisme-, sí la sancionó.

El Spirit of America -SOA- fue el primero de los vehículos impulsados a base de turbina, construido con un fuselaje delgado, sobre un chasis de tres ruedas.  La turbina en cuestión formaba parte de un avión militar de la USAF, un F-86 Sabre.  La primera prueba se realizó en 1962 en las famosas Bonneville Salt Flats de Utah.  Pero aquellas primeras pruebas fallaron.  Fue necesario un estabilizador nuevo y una rueda timoneable para intentar el ejercicio de nuevo.

El cinco de septiembre de 1963, Breedlove, entonces en sus 26 años de edad, estableció su primer récord al llegar a los 640 kilómetros por hora.  Pronto surgiría la competencia y el récord sería roto por Art Arfons, lo cual motivó a Breedlove a volver.  El periodista Sam Lowe, de la Sports Car International Magazine, describe así aquél retorno: “La fecha es el 15 de octubre de 1964.  Craig Breedlove maneja el Spirit of America I sobre la milla de vuelo en el circuito de Bonneville.  Mientras va a 880 kilómetros por hora una llama de casi cuatro metros de largo sale por el escape del auto.  Una nube de sal blanca se dispara desde las ruedas.  En la cabina, Breedlove presiona un botón para encender la carga que dispara al paracaídas que está al final de la cola.  Siente un pequeño jalón mientras se abre el freno aéreo, pero no pasa nada porque el paracaídas ha fallado.  Pasando el mojón que indica que solo quedan 4.8 kilómetros de pista y un velocímetro marcando 736 kilómetros por hora, el piloto activa el paracaídas de emergencia, pero tampoco funciona.  Al llegar al final de la pista usa los frenos de disco, pero su pie toca el piso del carro.  Diseñado para deslizarse con facilidad en el aire, el Spirit of America continúa su carrera fuera de curso, pasa por un poste de teléfonos, salta sobre un terraplén que contiene a una laguneta, salta sobre ella dando arcos muy cerrados y por fin queda quieto, nariz abajo, hundida a casi dos metros de profundidad.  De allí emerge Breedlove, ileso y con un nuevo récord bajo el brazo: 842.0432 kilómetros por hora.

El auto de Breedlove fue recuperado.  El libro Guinness de los Récords Mundiales lo registró por haber dejado las marcas de patinaje más largas hasta entonces.  Luego fue llevado al Museo de Ciencia e Industria de Chicago, en donde hasta hoy se encuentra en exhibición para deleite de todos aquellos que sepan amar la historia de la tecnología.

Breedlove continuó su empeño por mantenerse como el “hombre más rápido de la Tierra”.  Lo intentó de nuevo entre 1964 y 1965 con el Spirit of America-Sonic 1, dotado con una turbina de Phantom F-4, y en 1992 con el impresionante Spirit of America-Formula Shell LSRV.  Con este último pretendía alcanzar la velocidad del sonido sobre tierra, una proeza difícil de lograr pero que no ha sido superada por él.  Este último auto, cuando Breedlove abandonó la empresa, fue vendido al millonario Steve Fossett, quien se encontraba rediseñándolo cuando desapareció en 2007.  Tal vez con él terminaron ya los sueños de Breedlove, pero el as, a sus 73 años, todavía no da señales de haberse rendido.


Por León Aguilera




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