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Un detective, viajero del tiempo

En 1983, Juan Antonio Valdés fue el primer latinoamericano en obtener un doctorado en Arqueología en la Universidad de La Sorbona, en París.

Desde entonces sus aportes académicos se han multiplicado y plasmado en más de cien artículos, en conferencias, intercambios con colegas, cátedras universitarias y libros especializados, específicamente sobre los períodos clásico y preclásico de la cultura maya.  Recientemente, el Estado de Guatemala lo condecoró con la Orden del Patrimonio Cultural.  Actual curador del Museo Miraflores, nos concede esta entrevista en la que rememora, sintetiza y nos cuenta qué es ser arqueólogo en el mundo moderno.

¿Sobre qué estamos parados?
Sobre tres mil años de historia, de la cual pocos países se podrían enorgullecer.  Aquí vivían los mayas, no los ficticios que nos hemos imaginado como reyes y reinas, sino el pueblo que gritaba, corría y veía a una señora dándole nalgadas a un niño y al niño llorando.  En otros países jamás va a escuchar “hace tres mil años aquí pasó esto y aquello”.  Cuando mucho llegan a 500 años atrás.  Incluso los europeos tienen una historia más corta, con excepción de los romanos.  Y cuando ellos empezaban, los mayas ya eran viejos.  Se presenta a los caminos de Roma como a los primeros del mundo, pero las rutas mayas son más antiguas.  Las calzadas que atraviesan las selvas de Guatemala en El Mirador son mucho más viejas que la Vía Appia que celebra todo el mundo.

¿Cuándo empezó usted en la arqueología?
Toda la vida quise ser arqueólogo.  En el colegio me atrajo la historia: griegos, romanos, egipcios, me los sabía de memoria y me ha servido porque he visitado el Medio Oriente.  Cada vez que voy recuerdo mi niñez.  Entré a la Universidad de San Carlos en 1973 para estudiar historia, pero en 1975 se creó la carrera de Arqueología.

¿Cuál es su especialidad?
Iconografía y arquitectura, lo principal para mí.  Pero todas las ramas tienen unión, al fin de cuentas, porque para los mayas todo estaba integrado dentro de una sola cosmovisión.  Construir un edificio tenía un propósito, generalmente relacionado con aspectos religiosos: las edificaciones estaban asociadas con el cielo y las estrellas.  Están orientadas hacia los puntos cardinales, y éstos se identifican con las estrellas de la noche.  La arqueología es multidisciplinaria, pero se puede profundizar y por eso existen las especialidades.

Tambor del Petén, acompañado por una vasija vertedera con asa (estilo canasta), usada para servir chocolate, procedente de las tierras altas. Ambos objetos eran propios de la nobleza. Colección del Museo Miraflores.

¿Su trabajo no es una lucha contra el tiempo?
Siempre vamos corriendo y actualizándonos, sobre todo en tecnología.  La arqueología es dinámica: va transformando lo que sabemos año con año.

Yendo a lo básico, ¿de qué trata la arqueología?
De reconstruir el pasado lo más fielmente posible: cómo vivía la gente, que comía, cómo se vestía.  No sólo se trata de recoger restos, sino de inferir lo que sucedió.  Somos como detectives, es una carrera en la cual se debe armar la historia a partir de fragmentos.  Por ejemplo, en un entierro se debe determinar por qué murió la persona.  Entonces se recurre a otras ciencias, a la antropología generalmente, para saber si fue durante un parto, si era mujer, si tuvo hijos o no.  Hoy sabemos de dónde era esa persona por medio del análisis dental, el sarro de las muelas marca el tipo de agua que tomaba, porque cada fuente tiene distintas concentraciones de minerales.  Así podemos comprobar si creció en Petén o si se trasladó al Valle de Guatemala.

¿Cuál es la importancia de la arqueología para la gente común?
Yo creo que muchísima más de la que se cree.  Justamente, entre los fines de la arqueología está conocer los procesos por los que ha pasado una civilización: sus éxitos y sus fracasos, porque la vida es un tanto cíclica, así lo consideraban los mayas.  Los hechos se repiten cada cierto tiempo con diferentes actores: en el centro de Kaminal Juyú estaba el lago Miraflores, que sirvió durante mucho tiempo para irrigar los campos de cultivo y para que la ciudad fuera próspera.  Sin embargo, el habitante de aquel tiempo aprovechó mal ese recurso y lo secó, la ciudad se vino abajo económica y políticamente y se abandonó por más de un siglo.  Eso nos enseña que si no manejamos bien nuestros recursos nos va a pasar lo mismo.  Hoy, la laguna de Chichoj, en San Cristóbal Verapaz, se muere porque ahí van a parar los desechos de fábricas y tenerías: lo que sucedió en el pasado, sucede de nuevo.  En el Occidente se están malmatando por los recursos hídricos, y aún así, seguimos talando los bosques.  Entonces, la arqueología sí ayuda porque advierte lo que podría suceder.

¿Algún otro ejemplo?
Cuando el huracán Mitch golpeó Guatemala, ninguno de los sitios mayas se vio afectado porque a los mayas ya les había sucedido y sus ciudades fueron construidas en lugares más altos.  Nunca están en la ribera de un río, donde pueden inundarse, ni en barrancos ni en alto riesgo por deslaves.  Donde desembocan los ríos no se encuentra una ciudad maya.  Están, estratégicamente, en lugares protegidos.  Eso lo deberíamos aprender de ellos.  En cambio ahora cualquier desastre se lleva pueblos enteros, porque la gente sigue construyendo en lugares peligrosos y las autoridades no hacen nada para prevenirlos.

No sólo se trata de recoger restos, sino de inferir lo que sucedió.  Somos como detectives, es una carrera en la cual se debe armar la historia a partir de fragmentos.

¿Ha hecho trabajos fuera del área Mesoamericana?
Un tiempo en Roma, pero fue muy breve.  He colaborado con colegas de Japón, de China y de Medio Oriente, no excavando, sino por medio de análisis y compartiendo información, porque hay ciertas similitudes culturales que se dan a nivel humano en todo el mundo.

La arqueología tiene un aura romántica, de aventura...
Las películas son películas y esta ciencia no tiene nada que ver con Indiana Jones, pero las emociones siempre se dan y vivir en el campo se convierte en aventura, pero para nosotros es una aventura seria.  Vamos a un mundo a veces desconocido, en una región selvática o agreste, con un enfoque de trabajo.  El mundo de la película es maravilloso, el mundo real está plagado de mosquitos, de culebras y de calores de 43 a 45 grados.  Le aseguro que no tiene nada de romántico, hay noches en las que no se puede dormir por el calor, los insectos, las arañas...

¿Cuánto ha sido su periodo más largo en el campo?
Cuatro años seguidos en Uaxactún.  Pero uno se va amoldando y busca comodidades.  Ese lugar tiene su aguada, el único recurso que hay, de lo más sucio, totalmente insalubre.  Cuando llegamos, contratamos gente de la población y, de común acuerdo, la circulamos.  Me impresionó encontrarme a un toro muerto en medio del agua.  Llegaban los niños a recogerla para beberla en casa, mientras el toro estaba abierto y rodeado de zopilotes.  Era lo más malsano que he visto en mi vida.  Al mes, creo, ya habían cortado los alambres de la malla porque nadie quería dar la vuelta para llegar a la entrada.  Tuvimos que amenazarlos con quitarles el trabajo, además les enseñamos cómo recuperar el agua de lluvia para aprovecharla.  Hoy los proyectos cuentan con mejor infraestructura, llevamos computadoras y plantas eléctricas porque ya nadie trabaja con papel y lápiz.

Vaso cilíndrico con tres soportes y con cabeza de deidad al frente, procedente de la Costa Sur, para uso exclusivo de la nobleza. Colección del Museo Miraflores.

Una vez realizado el trabajo de cincel, digamos, y hechos los análisis, ¿qué papel juegan en el proceso los museos?
Tienen un papel vital, porque le permiten a uno tiempo para sentarse, leer, investigar, compartir y consultar con colegas, para readecuar esos datos y transmitirlos a los visitantes de manera condensada.

Ese entusiasmo, ¿lo ha tenido siempre?
Ríe.  Toda la vida, tengo problema cuando me dan la palabra.  Paso muchas horas sin hablar, me levanto todos los días a la 5 y paso hasta las 7 y media de la noche sin hablar.  Ni hablo ni me hablan, porque aprovecho para leer y analizar.  Ese tiempo es sólo para mí.

Recientemente le rindieron un homenaje...
Me siento muy orgulloso y muy comprometido, porque recibir la Orden del Patrimonio Cultural me obliga a seguir trabajando por este país.

¿Qué aconseja a los jóvenes que desean ser arqueólogos?
Que se lancen, creo que en Guatemala todos debemos colaborar, es un país encantador con una cultura milenaria, que desconocemos, y aunque ahora seamos unos cien arqueólogos no somos suficientes para transmitir lo que este país tiene en ecología, en geografía, en historia o en antropología.  Acá, sin embargo, se le da más importancia a la historia europea y muy poco a la maya.  Y, generalmente, lo que se enseña en los colegios es historia vieja y desactualizada.  Es necesario que los jóvenes conozcan sus raíces y que nos exijan a nosotros, a los que sabemos, más información. Deben aprovecharnos, que no estaremos siempre.

Por León Aguilera




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