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La extinción de los gasófagos máximus

Estamos cerca del final de una era del ciclo del transporte.  Llega el ocaso de los vehículos consumidores de grandes cantidades de combustible, propuesta más que todo estadounidense porque, como veremos, otras regiones han buscado soluciones menos ostentosas y baratas para el consumidor.

Dado que la tecnología es respuesta directa a las necesidades humanas, no es difícil enmarcar a la historia automotriz de acuerdo con las condiciones económicas, sociales y geopolíticas en las que se ha desarrollado, así también a la cultura de cada región productora.  Los resultados están a la vista: los asiáticos tienden a emular y mejorar lo que ya existe, los europeos buscan la excelencia con frugalidad de recursos y los estadounidenses hacen alarde de su gusto por la abundancia, a la que consideran casi infinita.


A copiar y mejorar
A partir del impulso industrial logrado después de la Segunda Guerra Mundial, Japón hizo suya la filosofía del producto como satisfactor del consumidor y apostó por buena calidad, fiabilidad y precio bajo, como estrategia de venta.  La propuesta trajo el éxito y fue imitada por fabricantes coreanos, tailandeses, chinos e indios.  Esta fórmula oriental tiene tal raigambre que ha sido un caldo de cultivo para la implementación de prácticas administrativas de aplicación global que, hoy por hoy, ha trascendido a la industria automotriz, siendo utilizada por todos los sectores productivos como plataforma para buscar el éxito.  Dos casos serían Toyota y Nissan.


Aprovechar hasta la última gota

Por su lado, la industria europea ha sido ejemplo de productividad, es decir, de obtener resultados por medio del mejor provecho de los recursos.  No es de extrañar que para solventar el problema del transporte a través de carreteras dibujadas en montañas de pronunciadas subidas y drásticas pendientes, así por como calles estrechas y sinuosas, haya propuesto vehículos pequeños.  A esos carros de dimensiones reducidas les montó motores de similar cilindrada.  Entonces, su reto ha sido aprovechar todos los combustibles a su disposición.  Y sus resultados han sido velocidad, alto desempeño, bajo consumo de combustible y calidad, con búsqueda de una prolongada vida útil.


La América verde
En el repaso por la historia del auto se tendrá un capítulo especial para Brasil que, haciendo alarde de auténtica nacionalidad, puso sus ojos en los recursos internos evitando la importación de combustibles.  Adelantándose a la crisis de la primera década del siglo XXI, esta nación desarrolló la tecnología para utilizar combustibles de origen vegetal, siendo pionera mundial.  En la actualidad, sus resultados son objeto de estudio por todos los manufactureros de autos, quienes ven en la biomasa la solución energética.

Estados Unidos creó y ha cuidado la multiplicación de los autos de gran consumo de combustible.
 

Criando y alimentando a los Gasófagos máximus

En cambio, Estados Unidos de América se ha visto a sí misma como la nación de la abundancia.  

Los estadounidenses gustan de vehículos con aire acondicionado capaz de hacer tiritar a un esquimal, con suspensiones tan suaves como nubes, timón manejable con el dedo meñique y baúles para llevar maletas, bolsas de golf, hielera, parrilla para churrasco, herramientas, batería de arranque de emergencia, botiquín y todavía con espacio de sobra para el equipaje de otros pasajeros.

No es de extrañar, entonces, que para mover esos vehículos se implementaran monumentales motores, similares a los utilizados por camiones y autobuses en otros países.  Bueno, al final de cuentas, ¿qué importa el consumo si hay dinero para comprar combustible?  Recordemos que el confort, comodidad y amplitud son casi un culto en ese país, pero a un costo: el consumo de gasolina allí llega a cerca de 1.3 millones de litros diarios, más de la mitad del total usado en el mundo, según datos de la publicación Foreign Policy: fuel prices 2007.

En materia de autos, entonces, no es raro que la tecnología estadounidense haya avanzado menos que proporcionalmente en los últimos 50 años, con relación a sus equivalentes europea y asiática.  Y como resultado, la crisis del combustible de los años 70 dejó una fuerte huella en el mercado del norte: posicionó a los carros asiáticos como favoritos del mercado.  Encima, los esfuerzos automotrices estadounidenses por hacer carros pequeños o medianos han sido bastante infructuosos, por no decir un total fracaso.  Hasta Cadillac, el emblema más prominente de la tecnología automotriz de Estados Unidos, ha sido incapaz de producir un auto pequeño de alta calidad.

En términos mercadológicos se diría que el consumidor de gasolina de Estados Unidos tiene alta sensibilidad al precio.  En cuanto sube el barril de crudo sale a las calles a jalarse los cabellos, abandona su auto con motor de ocho cilindros en V o lo quiere vender por lo que le den.  Pero, bajando el precio, las autopistas se vuelven a inundar con aquellos dinosaurios.

Por eso, es difícil pensar que el plan de salvamento para la industria automotriz del norte sea la cura mágica.  Sólo será un paliativo, algo así como un analgésico para la cefalea provocada por un tumor cerebral.  Prueba de ello fue el Salón del Auto de Detroit: cualquier latinoamericano malpensado diría que las tres grandes, Chrysler, Ford y GM, corrieron a comprar motores híbridos BMW, Honda, Mercedes y Toyota para montarlos en los carros que exhibieron, difundiendo que formarán parte de sus pasos para desarrollar una nueva era en el transporte personal.

Durante casi un siglo, Estados Unidos ha criado y cuidado la multiplicación de los autos de gran consumo de combustible, los que Carlos Linneo hubiera llamado Gasófagos máximus.  Estas criaturas se encuentran en un escenario marcado por una posición crítica de la industria estadounidense, porque el mercado está dominado por los japoneses, a pesar de que el pick-up Ford Serie F siga siendo el más vendido anualmente en los últimos 18 años; y por la fragilidad política que afecta al precio del crudo y a las tecnologías alternativas emergentes.  Es decir, todo indica que los grandes devoradores de gasolina tienen sus días (o a lo mejor meses) contados.  Su extinción es un hecho que se mira ya en el horizonte.


Por Néstor A. Larrazábal B.

Fotoarte: Sergio Espada.
Fotos: Servicios




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