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DaimlerChrysler y Pemex están en el mismo país, pero la antipatía cultural hacia la inversión extranjera no explica adecuadamente sus diferentes comportamientos.
El 29 de noviembre, The Wall Street Journal publicó dos artículos relacionados con compañías mexicanas. Uno, enfocado en las petroleras estatales de la región, se titulaba ³En esta crisis de crudo, América Latina no puede ayudar a Estados Unidos². La mexicana Pemex era una de las compañías en cuestión. El otro artículo, ³México, de fabricante local a potencia automotriz², contaba la historia de la compañía DaimlerChrysler en México. Lo sorprendente de ambos textos es la radical diferencia en el comportamiento de dos compañías ubicadas en un mismo país.
La estatal Pemex podría ver caer sus exportaciones el próximo año. Esto incluso a pesar de que la explotación de pozos en el Golfo de México podría duplicar sus reservas a unos 100,000 millones de barriles, un volumen similar al de las reservas de Irán. Para conseguirlo, sin embargo, Pemex tendría que invertir masivas sumas de dinero que el gobierno mexicano no tiene. Otras alternativas involucrarían buscar asistencia de compañías petroleras extranjeras que sepan cómo perforar pozos en aguas profundas, conseguir capital extranjero o privatizar la empresa.
Desafortunadamente, la Constitución mexicana prohíbe que el sector privado sea dueño de una reserva de abastecimiento energética. Como resultado, las reservas en aguas profundas seguirán sin ser aprovechadas, aunque se espera que la producción del yacimiento de petróleo más grande de México, que aporta alrededor del 60% de la extracción del país, comience a declinar un 15% anual desde el próximo año.
Un gran contraste frente a la historia de DaimlerChrysler, una compañía que hace sólo 25 años estaba enfocada en producir para un cautivo mercado interno. Ella se transformó en una empresa exportadora que compite globalmente y hoy vende sólo el 1% de su producción a los distribuidores de autos mexicanos. Fundamental para este cambio fue el Nafta, que abrió México a la competencia extranjera.
Ahora, para enfrentar la creciente presión de China, DaimlerChrysler vuelve a transformarse para mantenerse adelante. Está reenfocándose en la producción de autos lujosos, los cuales generan mayores ganancias. El gobierno está ayudando a que la compañía permanezca competitiva al bajar los costos burocráticos y proveyéndole exenciones tributarias como a los demás fabricantes de automóviles. Los sindicatos mexicanos del sector automotriz se han comportado, además, de manera diferente a los de Pemex, al llegar a un acuerdo para mantener sus salarios bajos y aceptar la pérdida de puestos de trabajo para permanecer competitivos.
Varias conclusiones pueden extraerse de la comparación entre estas dos compañías mexicanas. Claramente, la empresa privada ha sido más dúctil y menos restringida en el uso del capital y de la tecnología extranjera. Y como no es un monopolio estatal, ha estado forzada a ser competitiva, cortando costos constantemente y volviéndose más eficiente e innovadora para sobrevivir. Aunque esto ha sido duro para los trabajadores que han perdido sus empleos en el proceso, también ha permitido a México expandir su producción automotriz, mejorar su fuerza de trabajo y atraer miles de millones de dólares en inversión internacional y local.
Dado que las dos compañías están en el mismo país, la antipatía cultural hacia la inversión o el control extranjero de la propiedad no explica adecuadamente sus diferentes comportamientos, aun a pesar del lugar especial que la energía ocupa en la historia del nacionalismo mexicano.
La prohibición constitucional contra la privatización de la producción energética tampoco explica por qué México, rico en reservas de petróleo, importa gas, continúa sufriendo cortes de energía y renuncia a las riquezas adicionales que podría generar al incrementar su exportación. La Constitución mexicana no es inalterable y, de hecho, ha sido modificada antes, por ejemplo, en el sector agrícola.
El problema parece estar en la falta de competencia y en la incapacidad o la carencia de voluntad del gobierno, los legisladores y la población en general para terminar con una situación que beneficia más a intereses particulares que a los del país como un todo. En una economía global cada vez más competitiva, es un lujo que México y otros vecinos latinoamericanos no se pueden dar.
Por: Susan Kaufman Purcell
Vicepresidente del Council of the Americas y de Americas Society, en Nueva York.
Tomado de la revista America Economía
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