| Biocombustible: la energía de la discordia |
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¿Quién en los últimos dos años no ha oído hablar de los biocombustibles? El tema ha generado reacciones a favor y en contra, y la batalla, según los analistas, va para largo.
Es más caro el remedio que la enfermedad”, reza un dicho popular que hoy en día está en boca de todos aquellos que adversan la idea de convertir los alimentos en biocombustibles. Pero ésta sólo es una de tantas posiciones en este complejo tema.
Del otro lado están aquellos autodenominados precursores de los biocombustibles y de la producción de fuentes de energía capaces de atenuar la dependencia de la humanidad a los hidrocarburos de origen fósil.
Su argumento principal es que los biocombustibles son una alternativa ecológica a los combustibles fósiles y la solución para evitar las emisiones dañinas de los automóviles y los gases de efecto de invernadero, fenómenos que ponen en riesgo progresivamente la vida planetaria.
Es una pelea en la que cada quien saca a relucir sus mejores cartas. El Premio Nobel en Química, Hartmut Michel, considera que los biocombustibles no ahorran emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera. El profesional sostiene que para producir algunos biocombustibles, como el etanol, se debe invertir mucha energía en forma de fertilizante, de transporte y también en el destilado del alcohol.
Por tanto, lo que se obtiene al fermentar el vegetal tiene 10 por ciento de alcohol, y de allí debe obtenerse el alcohol puro. Para eso hay que invertir casi tanta energía como la presente en el producto final. Y si se obtiene esa energía de combustibles fósiles, se acaba emitiendo más CO2 de lo que se emitiría simplemente usando gasolina en el vehículo, asegura Michel.
Los especialistas sostienen que este tipo de producción a nivel industrial requiere abundantes aplicaciones de fertilizantes petroquímicos, cuyo uso global contribuye intensamente a la emisión de óxido nitroso, un gas de efecto invernadero 300 veces más potente que el dióxido de carbono (CO2).
En ese sentido, dicen los científicos, los fertilizantes químicos tienen de 10 a 100 veces más impacto en el calentamiento global. Pero a la par de esta preocupación, la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, FAO, ha externado su intranquilidad porque en el mundo las plantaciones para biocombustibles ya compiten con las de alimento.
El debate ha alcanzado las sesiones de la ONU, donde también existen posiciones a favor y en contra. Un estudio de este ente internacional denominado Bioenergía sostenible: un marco para los administradores, advierte que “en ocasiones, la producción de biocombustibles es ver- daderamente sostenible, pero en otras resulta muy destructiva”.
Lo mismo opina el director general del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dominique Strauss-Kahn, quien señala que producir biocombustible, a partir de alimentos, plantea “un verdadero problema moral”, en momentos en que los países pobres se enfrentan a una grave crisis alimentaria.
Y para poner un punto y aparte en la discusión, el relator especial de la ONU para el Derecho a la Alimentación, el suizo Jean Ziegler, calificó la producción masiva de biocombustibles como “crimen contra la humanidad”, por su impacto en los precios mundiales de los alimentos, en declaraciones a una radio alemana.
En fin, este es el panorama a nivel internacional y mientras el debate acerca de las ventajas y los riesgos de los biocombustibles está candente, muchos se preguntan ¿qué pasa en Guatemala?
Aquí los defensores de los biocombustibles no se han cruzado de brazos y han emprendido una serie de campañas para explicar las bondades de lo que llaman “los combustibles del presente y el futuro”.
La Asociación de Combustibles Renovables explica que el país cuenta, de entre las naciones centroamericanas, con las mejores estructuras para producir etanol.
En nuestro país, señala la ingeniera Aída Lorenzo, gerente de la ACR, no hay competencia entre el alimento y la producción del etanol, pues este último es resultado de un subproducto de la caña de azúcar.
No hay necesidad de deforestar bosques ni mucho menos comprometer tierras destinadas a la agricultura. Sin embargo, para suplir un 10 por ciento del consumo de gasolina del país con etanol, sería necesario sembrar unas 25,000 hectáreas de caña de azúcar,
Pese a esa visión, los detractores señalan que el cultivo y el procesamiento de la caña contaminan el suelo y las fuentes de agua potable, pues utilizan gran cantidad de productos químicos.
Cada litro de etanol producido dentro del ingenio consume cerca de 12 litros de agua. Esta cantidad no incluye la utilizada en el cultivo el cual, en el caso de los monocultivos irrigados, consume mucho más. Por lo tanto, la producción de agroenergía representa un riesgo de mayor escasez de recursos naturales y acuíferos, señalan.
Quizás por ello los expertos de la Comisión Nacional de Biocombustibles, dependiente del Ministerio de Energía y Minas, son más cautos al explicar que el riesgo de una competencia entre etanol, biodiésel y alimentos siempre existe, pero no supone un alto riesgo como está ocurriendo con otros países a nivel mundial. Así lo asegura el ingeniero Carlos Echeverría, del citado ministerio.
Sin embargo, la comisión sí muestra su preocupación por la vinaza, un desecho industrial que resulta de la melaza de la caña de azúcar, utilizada en la destilación del alcohol, cuyo efecto es altamente contaminante sobre la flora y la fauna.
Por cada litro de etanol producido se obtienen de 10 a 14 litros de vinaza, la cual puede causar graves problemas en ríos, lagos y mares, por la desoxigenación que provoca en el agua, según los ambientalistas.
Una parte de la vinaza puede ser utilizada como fertilizante, si se diluye en agua. Pero ¿qué hacer con casi diez millones de litros diarios que podrían llegar a salir de los ingenios? Ante ello, los investigadores advierten que esta sustancia contaminaría ríos y fuentes de agua subterráneas.
Como respuesta a esa preocupación, el ingeniero Erick Pérez, del ingenio Palo Gordo, explica que no ve ningún problema, pues esos desechos son tratados y utilizados en procesos de fertilización e irrigación en la misma cosecha de la caña.
Pero no es sólo eso lo que le quita el sueño a los ambientalistas. También está la quema de la caña que sirve para facilitar el trabajo de la cosecha. Esta práctica destruye gran parte de los microorganismos del suelo, contamina el aire y produce enfermedades respiratorias.
El procesamiento de la caña en los ingenios también contamina el aire a través de la quema del bagazo, que genera hollín y humo.
De acuerdo con un estudio de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, Cepal, actualmente, el país produce unos 90 millones de litros anuales de etanol a partir de la caña de azúcar. Sin embargo, Guatemala podría generar hasta un millón de litros diarios, con mejoras tecnológicas y expansión de los cultivos, estima el estudio.
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De acuerdo con ambientalistas, en Guatemala grandes extensiones de tierra donde antes se cultivaba maíz están siendo utilizadas para sembrar caña, palma africana y Jatropha curcas, más conocido como piñón.
Por ejemplo, en el valle del Polochic se sabe que se ha sembrado caña de azúcar de manera masiva, cuyos residuos de agroquímicos drenan directamente al río y al lago de Izabal, dice Carlos Salvatierra, activista del Colectivo Madre Selva.
Además, en la Franja Transversal del Norte, en zonas de los municipios de Chisec, Alta Verapaz, y Sayaxché, Petén, actualmente se compran grandes extensiones de tierra para sembrar caña de azúcar.
Lo mismo ha ocurrido con la palma africana, la cual hoy en día ha sido sembrada en grandes extensiones de tierra en los municipios de Sayaxché y San Luis, Petén, en la costa y bocacosta en el suroccidente del país, en el sureste del Lago de Izabal, en los municipios de El Estor y Mariscos, Izabal; asimismo, en el municipio de Fray Bartolomé de Las Casas, Alta Verapaz.
Los especialistas de Madre Selva señalan que la región norte del país es apetecida para estos monocultivos debido a la cantidad de recursos hídricos con que cuenta, lluvias y ríos, y las vías de acceso, en particular la carretera de la Franja Transversal del Norte.
Ante ello, los especialistas de la Asociación de Combustibles Renovables estiman que esas siembras no representan ningún peligro, pues actualmente en Guatemala existen más de 600 mil hectáreas de tierras ociosas o subutilizadas, lo cual no compite con las tierras dedicadas a producir alimentos.
Esta posición es secundada por Pedro Ordóñez, catedrático de química de la Universidad de San Carlos e investigador del biodiésel, quien señala que producir los biocombustibles de manera responsable, no representa mayores peligros para el país.
Pese a ello, el activista ambiental Salvatierra sostiene que “si se llena esa superficie con monocultivos” se estarían eliminando miles de especies de plantas y animales autóctonos.
La palma africana es muy rentable por la abundancia de su aceite, que podría convertirse en biodiésel. No obstante, su producto se está vendiendo a buen precio sin necesidad de transformarlo, dice la ingeniera Lorenzo.
Pero la fiebre por los biocombustibles avanza en Guatemala. Hoy en día existen cinco empresas y una comunidad, Nueva Alianza, Quetzaltenango, las cuales investigan y ensayan con el reciclaje del aceite comestible.
Producir etanol a grandes escalas, traería consigo un grave problema de contaminación como lo es la vinaza, un subproducto de la destilación del alcohol, que iría a parar a los y ríos y fuentes de aguas
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En la actualidad, el galón de etanol en el mercado internacional está a US$0.60.
Según las estadísticas de hidrocarburos del Ministerio de Energía y Minas de Guatemala, la factura petrolera del año 2006, tomando en cuenta tan sólo las gasolinas súper y regular, fue aproximadamente de US$600 millones, siete millones de barriles. Con la mezcla del 10 por ciento de etanol, representaría un ahorro de US$60 millones anuales en divisas.
La industria azucarera tiene la capacidad de destilar 800 mil litros diarios de etanol.
Actualmente no hay una legislación que permita la comercialización interna de los biocombustibles, por lo que la producción se destina a la exportación a Estados Unidos, México y Europa.
Por Jeovany Ibañez.
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